El alcohol en pequeñas dosis y de forma aislada no produce efectos a largo plazo en el individuo y en la mayoría de casos suele ser una circunstancia temporal como, por ejemplo, la resaca del día después. Pero, cuando el alcohol termina consumiéndose de forma descontrolada y convertirse en un hábito crónico, puede generar efectos a largo plazo en los diferentes órganos vitales humanos.
Los órganos que normalmente tienen peor situación son el cerebro y el hígado. Algunos de los riesgos a largo plazo son la atrofia cerebral, anemia (falta de sangre), supresión del sistema inmune (más facilidad para enfermar), alteraciones cardíacas (miocarditis), cirrosis hepática, gastritis, inflamación, úlceras, deterioro del páncreas, falta de hidratos, aumento de peso corporal, trombos sanguíneos, daños cerebrales irreversibles, entre otros.