
A diario, Adriana llegaba borracha y drogada a casa. Pasó un año sin que nadie se diera cuenta. Su madre lo reveló en el momento que la chica de 16 años le solicitó ayuda. “Después de un año de cubrir con todo tipo de mañas mi adicción, no pude más y se lo confesé a mi mamá; ella me preguntó: ‘¿tú tomas?’”, cuenta.
“Le expliqué que pasó sin darme cuenta comencé a beber con los amigos. Me sentía sola, creía que mi mamá no me quería. Sentía un vacío y el estado que conseguía, primero con el alcohol y luego con las drogas, me hacía sentir momentáneamente bien”, reconoce.
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